Un alien en el mercado inmobiliario – Capítulo 9: Primera Captación

Tras el descanso nocturno me reintegro en mi forma corporal con una sonrisa en el rostro. Estoy en el buen camino, aunque es cierto que, tanto mi profesor como otras personas de ERA me han advertido que, aunque la profesión de agente inmobiliario puede ser muy reconfortante (pocas cosas hay tan gratificantes como ayudar a que las personas cumplan sus sueños), y proporcionar unos altos ingresos, requiere esfuerzo, dedicación y mucho trabajo duro. No es de hoy para mañana. Se necesita tiempo. Es como nuestra agricultura: plantas una vaca y hasta dos o tres lustros después no florecen los terneros. Para que los clientes te busquen a ti y no al revés, hace falta profesionalidad, honestidad, voluntad, humildad y varias cualidades más que también terminan en “dad”.

 

El resumen de estos breves datos es que debo tener en cuenta que, en cada elemento de esta vida siempre hay un factor suerte que influye y, en mi caso, encontrar una cliente tan ideal, es la demostración. No todos van a ser así de colaboradores ni se van a mostrar conformes con nuestra oferta y, además, están en su derecho: la compra o venta de una propiedad es algo demasiado personal.

 

Y justo parto para encontrarme con esa primera cliente perfecta. Esta vez, dado que es algo más formal, es en nuestra oficina. Ahí el profesor le muestra la valoración. No se trata de entregarle un fajo de papeles incomprensible. La vemos en pantalla y él le va explicando cada uno de los factores que le han llevado hasta el precio final, justificando y razonando sus motivos. Intento quedarme no con sus palabras, sino con el tono de voz y la forma de expresarse. No utiliza palabras rebuscadas ni inventa historias imposibles. Es sencillo y directo. Veo que no se trata de una negociación. Al menos, no en este punto. Es la exposición de un trabajo, luego se verá si hay o no acuerdo porque, como me dijo en una de las sesiones, no tiene sentido captar algo si sabes que no se va a vender. Sin embargo, tras la exposición completa la señora nos mira sonriendo.

— La verdad es que es más de lo que pensaba. Estaré encantada de firmar el contrato y comenzar.

 

Ese contrato al que se refiere la señora es lo que llamamos Encargo de Venta (mi memoria aún funciona), que básicamente, es un documento que recoge las condiciones en las que vamos a trabajar. El plazo, los honorarios, la publicidad y hasta el más mínimo detalle. Ella está dispuesta a firmar ya, pero el profesor no se lo permite. Aunque es un documento simple y transparente, sin cláusulas escondidas, prefiere leérselo y que pregunte si tiene cualquier duda. Y eso es lo que hace. La verdad es que sí que debe ser sencillo para los humanos, porque hasta yo lo entiendo sin necesidad de aclaraciones. Tampoco ella tiene dudas y firma el contrato. Mi primer Encargo de Venta. Controlo el impulso de saltar de alegría porque corro el riesgo de vencer la fuerza de gravedad y estamparme contra el techo, así que me limito a sonreír hasta el límite de lo que me permite esta boca humana de postín. La señora pregunta por el proceso y mi maestro, consciente de que no tengo nada mejor que hacer excepto aprender esta profesión, le dice que esta misma tarde podemos ir a hacer el reportaje fotográfico. Le parece bien y así quedamos.

 

En el tiempo de espera hacemos algo que los humanos llaman almorzar. La verdad es que siempre me las he ingeniado para evitar el consumo de alimentos humanos, a excepción de aquel sabroso gofio, porque no tengo sistema digestivo y eliminamos los desechos de una forma muy poco imaginativa pero muy antihigiénica que no voy a molestarme en contaros. Creo que es una buena razón.

Tras el engorroso proceso de deglutir (sigo con el diccionario) un círculo de harina amasada a la que le habían puesto las sobras por encima mezcladas con queso, nos dirigimos a la vivienda. Los humanos no tienen capacidad para transmitirse mentalmente imágenes, así que las fotografías son el método convencional. Algo un tanto prehistórico, pero insalvable. No obstante, no por antediluviano es sencillo. No es cuestión de tomar cualquier imagen, hay que saber hacerlo. Por supuesto no se trata de mentir o engañar, pero sí de potenciar las ventajas que tiene la vivienda. Me lo explica con ejemplos, que es más fácil. Si el inmueble es luminoso, tiene que verse. Abrir las cortinas y que la luz natural inunde la estancia. Si el salón es enorme, hay que colocar la cámara de forma que capte el mayor espacio posible. Y así, con cada una de las habitaciones.

Al mismo tiempo que sacamos las fotos, tomamos imágenes con otro dispositivo para montar algo llamado: tour virtual 360. Tras observar la cara de besugo almidonado que se me queda, me explica que es una aplicación que, tras tomar una serie de fotografías conectadas entre sí, forma con ellas una especie de lugar virtual en el que los interesados pueden moverse a voluntad por la casa. La verdad es que me parece de una utilidad increíble y, además, a cualquiera que no pueda viajar a cuatro veces la velocidad de la luz moviéndose con libertad entre los planetas debe parecerle obligatoriamente un avance tecnológico sin parangón. Casi tanto como el felpudo (mítico en mi raza).

Tardamos más de dos horas y después regresamos a la oficina. Allí me explica, según mi profesor por tercera vez, aunque yo juraría que es la primera vez que lo escucho (estaría recargando energía), el proceso que viene a continuación. Debemos entregarle a la coordinadora de la oficina una serie de información, que es necesaria para llegar a la publicación. Las fotografías, una copia de las escrituras del inmueble que nos entregó la señora (y con eso, al mismo tiempo, pedir la nota simple en el Registro de la Propiedad correspondiente), una ficha que debemos rellenar con los datos de la vivienda, el Encargo de Venta firmado, fotocopia del DNI de la señora, porque al parecer los humanos no tienen la capacidad natural de conocerse por su rostro (si vieran los nuestros entonces que somos todos de un color rojo anaranjado les daba algo) y se hacen unos carnés para identificarse; y el Certificado Energético, que me dice ya ha encargado después de acordarlo con nuestra cliente. Además, pediremos otra serie de documentación para adelantarnos a los acontecimientos futuros, pero esa es la imprescindible inicialmente. Cuando esté todo, la coordinadora se encarga de subir la propiedad a los portales (estarán en el techo), y de esa forma los anuncios serán visibles para los posibles compradores.

 

Al preguntar qué es eso del Certificado Energético recibo otra muestra más del sin sentido de algunas de las normas de este país. Resulta que el documento en cuestión es, como su propio nombre indica, un Certificado que incluye información sobre el consumo de los aparatos eléctricos de la vivienda o las emisiones de CO2 que emite a la atmósfera. En teoría, sirve para que los propietarios puedan buscar fórmulas de ahorro y mejorar la sostenibilidad del planeta. Y digo en teoría, porque es una opción. No hay obligación de mejorar ni la calidad del planeta (si supieran cómo se ve de fuera…), ni el consumo de la vivienda.

Entonces pregunto que, si no es obligatorio hacer ninguna acción, como por ejemplo con los recibos de los tributos, que hay que pagarlos, ¿por qué hay que sacar ese Certificado? y la respuesta es genial: porque es obligatorio. Cuando investigo un poco sobre el tema veo que, en otros países, como en Alemania,  tampoco te obligan, pero al menos te impulsan a mejorar dicha eficiencia rebajándote los impuestos cuanto mejor sea. Aquí no, simplemente es obligatorio, con lo cual, deduzco que esto se le tuvo que haber ocurrido a alguien que esté facturando por los Certificados, es la única opción lógica que se me ocurre.

Tanto hablar de Certificados y tributos hace que me plantee cómo funcionan los impuestos en España. Indago sobre el tema y, tras recuperarme del síncope parcial del ligamento cruzado radial, vuelvo a desmayarme. Entre otros y centrándome en el tema de la vivienda e indirectos relacionados, resulta que se paga al estado: por comprar (transmisiones) y por vender si obtienes alguna ganancia, lo cual le quita gracia (incremento de patrimonio); municipales: por lo que el Ayuntamiento dice que ha incrementado el valor del suelo, aunque lo leo tres veces y sigo sin entenderlo (Plusvalía), simplemente por tener la vivienda (IBI), porque recojan la basura (Tasa de Basura) y mi favorito que no es del inmueble en sí pero está relacionado: el rodaje del coche, o sea, pagar por aparcar en la calle, mi estafa favorita.

 

Eso quiere decir, haciendo una mínima composición de hechos posibles, que, si una persona acepta una herencia en diciembre y vende la casa en febrero, paga impuestos y plusvalía por aceptar la herencia, si gana dinero en la venta (ahí se tiene en cuenta el valor dado en la herencia, aunque no lo hayas ganado en realidad), pagas incremento de patrimonio y de nuevo plusvalía y, como es titular a 1 de enero del año en curso, también paga el IBI de todo el año.

De verdad, los humanos NECESITAN que los conquistemos

Un alien en el mercado inmobiliario – Capítulo 8: Primera Visita

Regresa por fin el lunes. Para mí han sido noventa y siete horas de un aburrimiento intenso. O treinta y nueve. No sé. Todavía me confunde el sistema horario humano. Pero el caso es que el fin de semana, a excepción de mi investigación del sábado me ha resultado pesado, aburrido, molesto, hastiado, tedioso…el domingo seguí con lectura del diccionario de sinónimos.

 

Tras las conversaciones mantenidas con la población me quedé muy preocupado por la problemática social existente. Ocupación ilegal, tipos de interés altos, precios que no paran de subir, alquileres insostenibles, leyes contra las viviendas turísticas… todo con un nexo común: escasez de viviendas a disposición del ciudadano de a pie. La labor de un agente inmobiliario me resulta ahora mucho más necesaria de lo que había pensado. Y la invasión… mucho más aún.

Después de volver a ponerme mi ya acostumbrado traje vuelvo a las instalaciones de ERA: me espera un día intenso. Hoy debo contactar con la señora que se había mostrado interesada en vender su piso en el reparto de flyers. Mi profesor permite que sea yo el que haga la llamada, aunque con el manos libres puesto para poder echarme una mano en caso necesario. La transparencia, me indica, es uno de los valores que más defiende la marca y debo decirle a la mujer que estoy en prácticas y que él está conmigo. No tengo inconveniente. De hecho, creo recordar que se lo dije cuando la conocí. La mujer se muestra encantada con la llamada, me dice que en alguna ocasión ya lo había intentado, pero luego, quizás porque no la tomaban en serio (palabras textuales), nadie contactaba con ella. Supongo que ese punto también debo estudiarlo, ver si es falta de interés o quizás de profesionalidad. Debe de ser una de las dos porque no se me ocurre ninguna otra explicación para que una persona que trabaja con el teléfono como una de sus principales herramientas no haga o devuelva llamadas. Y bueno, el resumen es que la señora dice que no tiene nada mejor que hacer y quedamos en dos horas.

Nosotros, en cambio, a pesar de que está a menos de cuarenta minutos de distancia, nos ponemos en marcha enseguida. Mi profesor me pregunta si conozco el lugar en el que está la vivienda. Yo le digo que sí para no quedar mal y le pido a Madre un plano detallado de la zona. Es un error. Mi maestro no sabe llegar y me pide indicaciones. Intento memorizar el plano al mismo tiempo que le doy instrucciones. Le guio hasta dos calles sin salida, un parking subterráneo, unos grandes almacenes y un barranco antes de llegar al área que buscamos. Su mirada dice en silencio una mezcla de: eres «mu» tonto y me estoy acordando de la madre que te expulsó en medio de un estornudo onírico… cosas de la biología extraterrestre.

 

Lo primero que hacemos una vez localizado el lugar es dar vueltas por la zona. Mi profesor me pide que tome notas de los servicios disponibles en las cercanías. Colegios, farmacias, supermercados, parques, facilidad de aparcamiento y esas cosas. También buscamos, sin resultados, carteles de se vende. Sólo tras haber recorrido el lugar a conciencia y esperar unos minutos nos dirigimos a la vivienda. La primera impresión, aunque quizás influenciada por la única vivienda que he visitado, aquella que me llevó a ver Juanito con mis amigos chinos (a lo cuales sigo echando de menos), es que es un lugar precioso. Amplio, con techos altos, limpio y luminoso.

Esta vez, es normal es mi primera experiencia, me dedicaré a escuchar y será mi maestro quien lleve la conversación. Tras lo que deben ser formalidades de rigor, (la señora nos ofrece agua, café e incluso un refrigerio que rechazamos), nos hace pasar a un salón. Intento adivinar cuál será el primer paso. A mi cabeza vienen las preguntas más típicas que entiendo necesitamos saber. Cosas como el precio que ella quiere, si la construcción es antigua, felpudo si o felpudo no, problemas con los vecinos…. pero como ya es costumbre me equivoco. Es un negocio de personas y predicamos con el ejemplo.

 

— ¿Por qué quiere vender la casa? —pregunta mi profesor.

 

Entonces la señora nos resume su historia. Típica, según dice ella. Compró la casa con su esposo cuando nació su tercer descendiente porque la anterior vivienda se les quedaba pequeña para tanta familia. Pasaron unos años estupendos. Los hijos se hicieron mayores, abandonaron el nido, se 

casaron y compraron sus propias casas. De hecho, los tres estaban fuera de la isla, aunque la visitaban a menudo. Años más tarde falleció su marido y ahora encontraba que la propiedad era demasiado grande para ella. Mucho espacio vacío y demasiado que limpiar.

 

Siendo evidente que la mujer necesitaría un lugar para vivir, hasta yo me doy cuenta de eso, le pregunta si piensa comprar y la señora asiente. La siguiente es pura lógica, consulta si necesita vender esa casa para comprar la otra. Pero no es así. Ella cuenta que era funcionaria (sea lo que sea) y su marido neurocirujano (sea lo que sea) … qué cantidad de cosas me quedan por aprender. El caso es que tiene ahorros más que suficientes, según dice, para comprar si necesidad de vender primero, simplemente no se había decidido porque, aunque sabe que es lo más correcto, le cuesta desprenderse de la propiedad por su valor sentimental.

 

Para mi sorpresa la siguiente media hora transcurre en una conversación que nada tiene que ver ni con la casa que quiere vender ni con la que quiere comprar. Mi maestro se muestra curioso por dicho valor sentimental y la señora, que parece encantada de que alguien la escuche, nos cuenta su vida. Sólo tras ese lapso es ella la que pregunta cuál creemos que es el precio adecuado para venderla. Yo me conecto automáticamente a Madre y busco los precios de la zona, pero antes siquiera de esa conexión mi profesor le pregunta si podemos ver la casa completa y la mujer accede. Recorremos entonces la propiedad mientras él toma notas. Veo que apunta la distribución de las habitaciones: cuatro dormitorios, dos baños, cocina, salón, comedor, balcón, terraza, jardín trasero, garaje, trastero; luego les da un valor numérico a ciertos aspectos: estado de conservación, calidad de los materiales, acristalamiento…

 

Cuando termina, sigue sin dar un precio y me insta a mí para que le cuento cómo trabajamos y qué podemos hacer por ella. Es mi momento. Le explico despacio a la señora las cosas que he aprendido. Un poco de la marca ERA, los portales en los que publicamos la propiedad, las fotografías, visitas, etc.… Está feo decirlo, pero estoy sublime. Por una vez noto una mirada orgullosa en mi profesor y eso me hace sentir a mí de un modo indescriptible. La mujer se muestra de acuerdo con nuestros términos y forma de hacer las cosas. Tanto, que dice que está dispuesta a firmar el contrato, pero el maestro dice que primero debemos llegar a un acuerdo en el importe de venta. Le pide un día para hacer una correcta valoración y presentársela y, si entonces está conforme, firmaremos. A ella le parece lo más adecuado también e incluso agradece la deferencia y la profesionalidad que implica no coger la vivienda a cualquier precio.

 

Mi profesor le pregunta entonces si podría entregarle documentación de la vivienda, que le devolveremos al día siguiente y la mujer, que parece ser la clase de persona que guarda todo, se ausenta y regresa con una carpeta que nos entrega. Ahí termina el encuentro. Considero que para ser mi primera visita no ha estado nada mal. Mi profesor lo corrobora, dice que ha sido perfecto. Tanto, que no parece real y me advierte que no espere que sean todas igual que esa. La señora parece la cliente ideal, aunque eso, según dice, es algo que comprobaremos de verdad cuando hablemos del precio. El previsible problema, tras escuchar la vida de aquella mujer, era uno del que me habían avisado en las primeras lecciones: el valor de mercado de una propiedad jamás va a acercarse siquiera al valor sentimental que pueda tener para sus propietarios.

Tengo muchas ganas de seguir aprendiendo y resolver esta ecuación. Nos hemos comprometido a presentar la valoración al día siguiente, así que quedamos esa misma tarde para trabajar en ello. Bueno, trabajar… él. Yo observo y tomo notas. El proceso es tan exhaustivo cómo me habían contado. Busca las propiedades en venta en la zona, asegurándose de apuntar las que tengan similares características. Principalmente, los metros de la vivienda, los cuales, según me explica, los encuentra en las escrituras que había en la carpeta. Sólo hay dos que cumplan con esas condiciones.

 

Después usa aquel programa que me enseñaron que buscaba en el Registro de la Propiedad las viviendas que se han vendido recientemente en el lugar con la misma tipología. Entonces entra en juego la profesionalidad, los conocimientos y, como el mismo profesor dice, el sentido común. Esas aplicaciones ayudan y mucho, pero son datos mecánicos. Hay que implicarse y tener en cuenta hasta el mínimo detalle. La explicación que me da es muy simple. Dos viviendas en calles adyacentes con los mismos metros cuadrados y distribución, aún siendo exactamente iguales, no pueden valer lo mismo si una tiene al lado una discoteca y la otra un parque público. Quizás un ejemplo algo exagerado, pero valioso para evidenciar que influyen muchos factores. Usarlos apropiadamente para modificar un valor

se aprender con el tiempo. Tardamos más una hora en tener lo que él considera una valoración adecuada y preparar su presentación. No se trata sólo de dar un importe, hay que explicar también el por qué.

 

El tiempo dedicado me ha servido para comprender mucho mejor que esto no es un simple uso de programas informáticos. Eso, puede hacerlo cualquier persona. La labor del agente inmobiliario es crucial para vender una propiedad con la mayor garantía.

Un alien en el mercado inmobiliario – Capítulo 7: Fin de Semana

Entro de lleno en algo que los humanos llaman fin de semana. Dividen el tiempo en días, que forman semanas, que constituyen meses, que acaban en años y así sucesivamente. Un escándalo casi imposible de descifrar. Resulta que hay ciertos días de esas semanas, de lunes a viernes, si no recuerdo mal, que la gente trabaja, pero luego la mayoría de afortunados no trabaja en lo que llaman el fin de semana, que viene a ser, sábado y domingo. Los autónomos no entran dentro de ese grupo de afortunados. Cierto es que nadie los obliga, pero como dependen de ellos mismos… curiosa cuestión.

De momento soy un alumno, así que no perderé el tiempo en dilucidar (otra palabra que aprendí ayer) qué es lo correcto. No tengo tareas pendientes ni necesidad de ganar dinero en realidad, así que salgo a la calle con la intención de aprender un poco más las necesidades humanas en materia de vivienda en primera persona. Al igual que con el trabajo inmobiliario, los conocimientos son muy necesarios, pero sin experiencia no sirven de nada.

 

Busco un atuendo más adecuado que mi traje para pasear por las calles. No tengo ni la menor idea de qué es lo idóneo, así que hago la investigación en Madre. Ropa más típica en Canarias en abril. Viene a mi cabeza el trágico episodio con los tacones y modifico la búsqueda poniendo de hombre. Quiero ser preciso, no me conformo con la primera imagen, hago una ponderación curva sistémica integrada analizando los valores medios trashumantes por localidad y los combino.

Me doy por satisfecho con el resultado: botas de agua, pantalón corto, camiseta de tirantes y bufanda. Preparado para el clima de cualquier municipio.

 

La gente me observa en mi andar pausado con una mezcla de asombro y admiración, entiendo que por una vez he acertado con la elección del vestuario, pero no puedo comprobarlo porque nadie me dirige la palabra. Así que decido ser yo el que tome la iniciativa. Pienso en ofrecer mis servicios, pero sólo soy un alumno y no puedo ejercer legalmente, así que me limito a intentar preocuparme por los intereses inmobiliarios de la población en general. Mi método es más que sencillo, me acerco a alguien y espero el momento adecuado para saludar y entablar conversación. Me cuesta dos bofetones y algunos insultos entender que hay que esperar que te den pie para ello. Estrechar sus manos sin una interacción previa les resulta ofensivo.

 

La cosa mejor cuando empiezo con un sencillo: hola. Son muy simples. Mis primeras “víctimas” son un matrimonio de edad avanzada. Para los humanos, claro. 

Después de varios minutos de conversación sin sentido y felicitarme por la medalla en hípica de mi ficticio hijo pequeño, me cuentan su historia. Compraron su primera vivienda siendo muy jóvenes, tuvieron descendencia, se les quedó pequeña la casa y decidieron mudarse. Hace veinte años de eso.

 

Vendieron a buen precio, según dicen, pero pidieron una hipoteca para abonar el resto y ahí empezaron los problemas. Sus hijos se hicieron mayores y abandonaron el nido (tengo que investigar esa parte de los nidos), ellos se jubilaron y sus ingresos descendieron. Sin embargo, los intereses subieron y su hipoteca se ha disparado hasta límites casi insostenibles.

 

Comenté esto el día que vi a Juanito y lo estudié más tarde. En resumen, los humanos, cuando no tienen dinero para comprar una vivienda, se lo piden a un banco y este, se los presta a cambio de devolverlo con intereses. Ponen lo que compran como garantía y, si no pueden pagar, se lo quitan. Pero no todos pueden prever lo que van a pagar, porque esos intereses están sujetos a algo que llaman un índice, que es lo que marca la cantidad a devolver y, si ocurre como con estos amables ancianos y sube demasiado, pueden verse en dificultades. Es un sistema demasiado complejo para que alguien como yo pueda entenderlo. Pregunto a Madre, pero la información es tan exhaustiva que me quedo exactamente igual.

 

Espero que la sensación de impotencia se me pase con el siguiente, pero me equivoco. Logro conectar con un joven. Veintiséis años. Lleva un año buscando un piso en alquiler cerca de su trabajo y no lo consigue. Al menos, dice, uno que pueda permitirse y en el que le admitan. Tiene un buen trabajo. Es arquitecto, que, tras mirarme como si fuera el extraterrestre que soy, me explica que son los que construyen edificios. Está en prácticas porque hace terminó la carrera (apunto para el final preguntarle en qué puesto quedó) y, por lo tanto, de momento su sueldo no es una maravilla.

Ese es el primer inconveniente. Los precios de los alquileres han aumentado hasta límites insospechados. Un pequeño apartamento, de una habitación y menos de cincuenta metros se alquila por más de la mitad de su sueldo. Algo inviable. Pero luego, cuando encuentra uno de importe asequible, además de casi pelearse para que lo atienden entre las decenas de personas que también lo quieren, se encuentra que le piden requisitos que no puede cumplir. Es fijo, pero no tiene antigüedad. Puede pagar el precio, pero no tiene un avalista. Y sigue en casa de sus padres.

 

No había profundizado en el tema de los alquileres, pero me cuenta el joven que por desgracia se ha convertido en algo habitual. Hay muy pocas viviendas disponibles en alquiler y eso permite a los propietarios poner las condiciones que se les antoje. Sean justas o no. Por otro lado, me dice que entiende que, teniendo en cuenta el grave problema de la ocupación ilegal, sobre el que el gobierno no toma medidas, esos propietarios endurezcan las condiciones. Y al parecer, hay miles de familias en su situación.

Cuando le pido a Madre que profundice en ese problema de ocupación y en el gobierno, se colapsa. De hecho, yo mismo tengo que sentarme en un banco para no desmayarme y por lo tanto convertirme en un estado gaseoso. Resulta que, ese problema de escasez de vivienda, no es nuevo. Llevan tiempo así y, sin embargo, no lo solucionan. Vale, sé que soy de otro planeta y tenemos costumbres muy, muy, muy, muy (creo que me queda algún muy), diferentes. Pero de donde yo vengo, cuando hacen falta viviendas, se construyen. No me parece tan complicado. Las paga nuestro rey, que supongo es el equivalente al gobierno español. ¿De donde sale el dinero? De los impuestos. Creo que en eso coincidimos con los humanos.

 

La diferencia, tras estudiar un poco el modelo terrestre, es que en nuestro planeta el rey tiene cuatro consejeros. Ya. No hay ministros, senadores, vicepresidentes, diputados, primos de, consejos, secretarías y la larga lista más de personas y organismos, que no sé qué hacen, pero reciben un sueldo. Busco lo que llaman Presupuestos Generales del Estado y me asombra ver, ahora que entiendo el valor del dinero, que la suma de los gastos del año anterior de 368 millones de euros. Todavía me pierdo un poco en las matemáticas humanas, pero juraría que reduciendo esa cantidad se podría costear el coste de más viviendas.

 

Luego lo de la ocupación, pues se trata de gente que ocupa casas vacías. Vacías cuando entran, claro, pero no quiere decir que no tengan dueño. Al comienzo de ese sistema, la gente lo hacía por necesidad. Ahora, por lo visto, también por interés. Obvio, si pueden vivir gratis…, pero un mínimo estudio me dice que la raíz de ese problema vuelve a estar en el dichoso gobierno. No los conozco y ya los odio. Al parecer, las fuerzas policiales no pueden hacer nada porque la ley protege a los ocupas. Y si se mete una persona en tu casa cuando estás fuera, resulta que te quedas fuera y si intentas echarlo corres el riesgo de que te denuncie y perder. Yo creo que esto no lo entienden ni los humanos. En mi mundo no existe la ocupación porque todos tenemos un lugar decente donde vivir, pero sí tenemos el concepto de propiedad y es muy sencillo. Si no puedes demostrar que tienes derecho a estar en ese lugar, lo que en España equivaldría a un título de propiedad o un contrato de alquiler, te ponen en la calle. Así de fácil.

 

Empiezo a pensar que tenía que haberme quedado en la nave viendo algún programa educativo de esos que ponen en la televisión: Supervivientes, First dates, La que se avecino o el horóscopo… uno cualquiera. Pero ya que estoy en la calle decido probar suerte con otra persona más. Una señora de mediada edad. Mediana según para quién, claro, pero es una forma coloquial humana.

La mujer está indignada. Pero mucho. A medida que habla su rostro se enrojece de tal manera que pienso que va a reventar y, tras escucharla, creo que no me extrañaría. Otra vez el gobierno, pero ahora, el regional. No sé si sabré explicarlo, pero el caso es que la señora, después de estar en dos trabajos durante más de veinte años y ahorrar hasta la última peseta (palabras textuales porque no sé que es eso) logró finalmente cumplir su sueño de juventud y comprarse un apartamento en el sur de la isla para irse allí tranquila en vacaciones.

Pues resulta que el gobierno de Canarias decidió un día que ciertas partes de la isla tendrían la calificación de suelo turístico y a llorar en las esquinas, que si quieres pan buenas son tortas. O algo así. (me encanta el refranero español). Si la vivienda está en esa zona, no la puedes habitar, estás obligado a dársela a unas organizaciones para que las pongan en alquiler (tampoco la pueden alquiler los propietarios directamente) a cambio de un porcentaje. Tiene que repetirme la historia dos veces para que termine de entenderla. Ella trabaja, ahorra, se compra un apartamento, pero luego es el gobierno quien decide lo que tiene que hacer con él. Poco enfadada está para lo que le han hecho. Igual me perdí alguna parte cuando estudié la historia del país, pero, ¿dónde queda la 

libertad de la que se habla en la constitución? ¿Y eso que pone de que el domicilio es inviolable? ¿Les faltó añadir, excepto que no nos dé la gana a nosotros?

 

De verdad que soy incapaz de comprender las cosas que me cuentan. Sí que entiendo, primero, que el trabajo de un agente inmobiliario es mucho más importante de lo que podría pensar, pues estas y otras cuestiones son su día a día. Las necesidades y problemas de la gente en materia de vivienda. Y, en segundo lugar, que lo mejor que podría pasarles a los humanos es que los invadamos cuanto antes.

Un alien en el mercado inmobiliario – Capítulo 6: El Reparto

Hoy será el tercer día de mi formación. Según el programa, después de ver la prospección, la captación y hablar por encima de la valoración (los humanos tienen unas formas muy curiosas de referirse a las cosas), hoy tocan las acciones de marketing, que, por lo visto, son la clave para después volver a ver esos tres conceptos primordiales. Repito literalmente lo escuchado porque no sé qué significa.

 

Cuando llego a la oficina de ERA descubro que el profesor también tiene el poder de transformar su forma a su antojo. Se ha convertido en un señor que reparte pegatinas y calendarios mientras pregunta por algo llamado jamón. Su voz tampoco se parece a la del día anterior e incluso tiene un nombre distinto. Empiezo a pensar en la posibilidad de que sean dos personas y en realidad no tenga la sencilla capacidad de cambiar de forma a su voluntad. No me extrañaría, porque la verdad es que los humanos son un poco sosos. Con la duda flotando en el aire nuestro nuevo educador nos sorprende diciendo que no vamos a quedarnos en la oficina, será nuestra primera experiencia en la calle. Para ello ha preparado diferentes flyers (por fin entiendo lo que son) promocionando servicios y propiedades de su cartera. Nos ponemos los identificadores que nos reconocen como: alumno en prácticas y salimos a la calle

Lo cierto es que después de escuchar tantas veces que la inmobiliaria es un negocio de personas y llevarme una decepción con las llamadas de teléfono, tengo ganas de probar el cara a cara. No pongo en duda que sea un negocio de personas, pero nunca está de más hacer tus propias comprobaciones. Lo aprendí a las malas cuando unos amigos me señalaban que una hermosa hembra me estaba mirando la nave. Mirar, miraba. Pero hembra… Prefiero no recordarlo. Siento que me invade una energía positiva, como con el gofio, tomo un paquete de esos flyers y salgo corriendo fuera de la oficina. O lo intento. La puerta de cristal esté cerrada y me doy de bruces contra ella. Caigo al suelo.

 

Me levanto y repito la operación, despacio y asegurándome de abrir mientras mis compañeros me miran desde exterior conteniendo la risa. El profesor no se molesta en aguantar las carcajadas.

 

Antes de empezar nos pregunta cómo creemos que es la forma más eficaz de entregar nuestra publicidad a la gente. Omito lo primero que se me pasa por la cabeza, que es lanzarlos desde la nave, pero basándome en la misma suposición de abarcar lo máximo posible, contesto que entregarlos en 

mano a todo el que pase. Error, como no. Dice que no estamos repartiendo menús de comida a domicilio, que hay que hablar con la gente, preocuparnos por sus necesidades. Pide un voluntario y envalentonado por no sé exactamente qué, me ofrezco. Preparo un flyer y me acerco a una señora que pasea de la mano con un niño.

— Buenos días, señora. ¿Cómo se encuentra usted en este precioso día? ¿Todo bien? ¿Ha evacuado los intestinos correctamente esta mañana?

 

La mujer en cuestión responde con una serie de improperios tan imaginativos que ni siquiera Madre es capaz de encontrar su significado en la base de datos. No obstante, deduzco que son agravios contra mi persona por el fino hilo de saliva que le cae de la comisura de los labios mientras los pronuncia, la mirada asesina y el intento infructífero de asestarme una patada.

 

Noto expectación en el grupo por ver la merecida reprimenda del profesor. Pero no llega. Dice que vamos a centrarnos y me explica pacientemente que preguntar por sus deposiciones vespertinas igual transgrede un poco los límites de lo normal. Que cuando habla de preocuparse por sus necesidades se refiere a las inmobiliarias propiamente dichas. Se ofrece para una demostración y se acerca con paso firme a un caballero. Su método es bastante más sencillo de lo que me había planteado.

 

— Hola, buenos días —dice mientras extiende el flyer hacia él—, le dejo esta información inmobiliaria, si conoce a alguien que…

Hasta ahí puede llegar. El hombre hace un giró tan rápido para no coger el flyer que pienso que va a caerse al suelo. Ni siquiera le mira y sigue su camino. No es conmigo y, sin embargo, me siento de nuevo exactamente igual que cuando estuve haciendo las llamadas. Pienso en animar al profesor, pero, para mi sorpresa, mantiene la sonrisa.

 

Vuelve a la carga con otro hombre con casi idéntico resultado. El siguiente toma el flyer y todos vemos cómo lo tira a una papelera cinco pasos más adelante. Pero allí sigue aquella sonrisa y me atrevo a preguntar.

 

— ¿No le molesta?

 

— Para nada. Debéis tener claro —dice mirando hacia el grupo—, que la mayoría de la gente no os va a tratar como esperáis. Unos no cogerán el flyer, otros lo tirarán, se apartarán, os dirán que los dejéis en paz…. hay de todo. La clave está en la constancia. No se puede repartir una vez al mes. También es muy importante la zona, iréis viendo vosotros mismos que hay lugares en los que no tiene sentido ponerse. Vamos a seguir probando por aquí.

 

Y vuelve a la carga sin perder un ánimo que yo no encuentro y que, a juzgar por la expresión de mis compañeros, ellos tampoco. Tal y como nos había dicho, las siguientes personas tampoco le hacen caso, con la excepción de una señora que, aun sin prestarle atención, al menos tiene el detalle de guardar la publicidad en el bolso. Así, hasta que pasa una pareja.

 

— Hola, buenos días —dice una vez más mientras les acerca el flyer—, les dejo esta información inmobiliaria, si conocen a alguien que quiera vender, comprar o alquilar estaré encantado de ayudarlo.

 

— Oye, ¿Paco no quería vender la casa? —pregunta ella.

 

— Sí, pero tiene un problema con no sé qué de la herencia.

 

Y entonces fue como si a nuestro profesor le pulsaran el botón de encendido. Una tarjeta aparece por arte de magia en sus manos.

 

— Podemos ayudarle con cualquier trámite que necesite hacer. Dígale que me llame sin compromiso y veo cómo puede solucionarse ese problema.

 

— Qué bueno. ¿Y del tema de las viviendas de protección oficial puede responderme un par de preguntas?

 

Entonces se los lleva unos pasos más lejos y está hablando con ellos durante más de media hora, mientras nosotros, repartidos, intentábamos usar su ejemplo para entregar el resto de la publicidad. Nos reunimos un buen rato más tarde y nos cuenta que tras resolver sus dudas sobre las viviendas de protección oficial, habían quedado tan contentos que habían llamado al señor Paco y había podido organizar una reunión con él.

 

— ¿Y ellos también venden? —pregunto con mi característica torpeza.

 

— No —responde mirándome como si supiera que soy alienígena.

 

— Pero si algún día piensan vender o comprar sé que me llamarán. No trabajamos sólo para el presente. Es casi más importante lo que generamos.

 

Ahí le siguió una charla larga e interesante donde, no sé por qué, dice que no quieres hablar de jamón y que completa nuestra formación de ese día sobre el marketing. O el reparto del mismo. Incide en cosas como tener claro que, sin dar ese servicio extra, no valemos para nada. Que no se trata de repartir folletos y esperar sentados a que nos llamen. Se trata de hablar con la gente y ver cómo podemos ayudarles. Cada vez que entregamos un flyer debemos pensar en eso, en cómo podemos echar una mano a las personas, no únicamente en ganar clientes, porque involucrarnos en sus necesidades es precisamente la forma de generar los buenos clientes, esos que nos van a recomendar después a todo el que conozcan.

 

Luego nos comenta diversas formar de hablar con las personas. No es igual alguien que se te cruza en la calle, por ejemplo, que entrar en un negocio. Tiene sentido. Dice que hay que adaptarse al entorno e incluso a la gente. Reaccionar rápido en función de cómo se comportan ellos. Hay a quien le bastará con guardarse el flyer, quien querrá una explicación más concreta de qué podemos hacer por ello e incluso quien entrará en una conversación que no tendrá nada que ver con lo que ofrecemos.

La verdad es que las explicaciones consiguen levantar de nuevo mi ánimo y retomo la labor con nuevas energías. Repito el procedimiento aprendido y, como no, también se repiten las negativas a tomar la publicidad. Ser agente inmobiliario es duro. Como supongo que debe serlo cualquier profesión que requiera un trato directo con las personas, cualquier intento de ofrecer una mercancía o vender algo. Por mucho que me digan que no debo desesperarme, me resulta extremadamente dura la frialdad, desgana e incluso las faltas de respeto de desconocidos a los que tratas de ofrecer tu ayuda.

 

Sin embargo, no desisto. Continuo hasta que no me queda un solo papel en la mano y, lo que es mejor, en el último intento, una agradable señora me dice que quiere vender su casa, me da su teléfono y me pide que la llame al día siguiente. Reconozco que estoy nervioso, he conseguido mi primera cliente.

Un alien en el mercado inmobiliario – Cap 3: La Redes

Como no tengo necesidad de dormir, ni de alimentarme de víveres más allá de la energía solar, aprovecho para investigar más acerca de las costumbres humanas. Tengo una capacidad cerebral fuera de toda interpretación característica de la lógica interestelar, pero ciertas cosas son complicadas de entender sin conocer a fondo el modo de vida terrestre. Decido resolver ese inconveniente. Permito entrar a Madre en mi cabeza y traspasarme la historia completa de la humanidad, con especial énfasis en el modo de vida más tradicional. El shock es instantáneo. A pesar de que el planeta tiene apenas 4,543 millones de años sufro mareos. Demasiada información. En nuestra especie predomina el reconocimiento común, mientras que aquí necesitan destacar a las personas por su aportación a la sociedad. Martin Luther King, Teresa de Calcuta, Napoleón, Madame Curie, Pedro Sánchez… (a este tengo que llevármelo para estudiarlo). 

No obstante, la experiencia me sirve para descubrir uno de los pasatiempos favoritos de los humanos: las redes sociales. Qué maravilla. Un lugar “virtual” donde las personas se dedican a meterse unos con otro y poner información de vez en cuando. Lo que necesitaba para profundizar en mi trabajo. Quiero ser profesional. Me queda un día para comenzar la formación en ERA. Cierto es que parece el destino ideal y tengo claro, tras mis primeros pasos, que ni Juanito ni los de la corbata 

verde cumplen mis expectativas.

Sin embargo, quedan muchas otras opciones, así que me dedico a investigar en las citadas redes a la competencia. No citaré nombres por si algún día estas líneas se hacen públicas y se ofenden. Que tampoco es que me importe mucho, la verdad, pero eso me dice siempre el jefe que es lo correcto. Aprovecho mi estado físico actual para frotarme las manos, un lujo que no saben que tienen y voy mirando las publicaciones sin salir de mi asombro.

Lo primero que noto es el colorido. Corbatas verdes, chaquetas doradas, uniformes de auxiliares de vuelo… Cada inmobiliaria parece tener sus señas de identidad. Luego que los identifiquen o no como agentes inmobilairios es otra cosa, pero me parece bastante acertado. Sobre todo, si tenemos en cuenta que parece haber una guerra no declarada entre ellas. Supongo que así se identifican en el campo de batalla virtual.

La cruzada parece comenzar con los honorarios que las franquicias pagan a los agentes. Nosotros ofrecemos el sesenta por ciento. Aquí el setenta por ciento. Ahora el ochenta por ciento, sin cuota (sea lo que sea). Honorarios justos del noventa por ciento. Literal. Que digo yo, que los del noventa por ciento, si el dueño de la franquicia tiene que pagar el alquiler del local de la oficina, sueldos de algún trabajador, material y demás… le tiene que salir a pagar. No sé, dicen de otros planetas que mi especie es muy desconfiada, pero le paso datos a Madre y ni a ella le salen las cuentas. Algo falla. Más si tenemos en cuenta para los cálculos, después de ver las publicaciones, la cantidad de papel que gastan en diplomas (mayor número de ventas, más captaciones, el que hace el mejor café, la que viene mejor vestida los viernes y cosas así), las placas de identificación al estilo policía y los escudos oficiales varios. Que tras lo que me inculcaron de historia juraría que hay que tener algún tipo de autorización, permiso o, al menos, motivos justificados, para usar esos escudos. Pero me estoy desviando del tema y la verdad es que son muy monos ellos. Lo que tiene que molar que te encuentres con uno y te saque la placa: ¡Agente inmobiliario de servicio!

Bueno, o lo que sea que digan, claro. Ese es otro tema que me llama la atención. Resulta que el idioma español está reconocido como uno de los más bonitos del mundo. Muy completo. Casi más que mi lengua natal que sólo tiene 3 consonantes. Varias de las figuras más grandes de la literatura eran de aquí y, sin embargo, se empeñan en usar palabras de otros idiomas para llamarse a sí mismos.

No ya las inmobiliarias, porque algunas vienen de fuera y claro, mantienen su nombre original. Ni siquiera de los puestos que estoy convencido se inventan: On Boarding, Project Manager, Chief Assistant…

Hablo de los agentes. Encuentro varios Top Producer, algunos Estate Agents y muchos Realtor. Tantos que busco el motivo y resulta que es marca registrada de la Asociación Nacional de Agentes Inmobiliarios en los Estados Unidos de América y por lo tanto lamente se permite denominar así a los agentes inmobiliarios registrados en la NAR quienes han firmado el código de ética de la asociación y participan en el entrenamiento regular, etcétera. Si se limitasen a usar Agentes Inmobiliarios aprovechando lo rico del español se ahorrarían hacer el ridículo.

Lo siguiente que me llama la atención es la frase de mis amigos los auxiliares de vuelo: si no reservamos su casa en treinta días puede cancelar el contrato… ¿Será que los demás te obligan a no cancelarlo? Pero ojo, no son únicos. Es una publicidad bastante socorrida. Vendo tu casa en 30 días, en 20 días… ¿con carácter retroactivo? que digo yo, siendo extraterrestre, que todas ellas estarán al precio indicado, en zonas demandadas, en perfecto estado y sin necesidad de preparación. Porque no pone: Vendo tu casa en treinta días… si se puede. Eso me lleva a indagar en el tema de los tiempos y encuentro la segunda guerra mediática de la que soy testigo: las ventas. Ya no son los ofrecimientos. Es lo que dicen que se ha realizado. Vendida en menos de un mes. Vendida en dos semanas. Vendida en un día. Vendida en la primera visita…. Busco desesperado un: Vendida antes de ponerla a la venta, pero parece que a nadie se le ha ocurrido todavía. Supongo que es cuestión de tiempo.

En medio encuentro portales que no son inmobiliarias como tal, aunque dicen serlo. Un espectáculo. Hay una muy famosa que encuentra clientes ofreciendo honorarios muy bajos, explicando además que sólo pagas si vendes la vivienda. Como si eso no fuera lo normal. Pues leyendo un poco su página descubro que los propietarios hacen las fotos y gestionan las visitas ellos mismos, mientras que el portal únicamente publica el anuncio. Es el timo perfecto. Pagar por hacer las cosas tú mismo. Al que se le ocurrió esta brillante idea tenemos que ponerlo a gestionar los fondos cuando gobernemos.

Después regreso al pasado momentáneamente y comprendo el colapso de Madre cuando le hice buscar: mentir en España. En menos de diez minutos encuentro cinco inmobiliarias que dicen ser número uno en ventas en Canarias. Miento. Parece que es contagioso. Cuatro dicen ser número uno en ventas en Canarias. La otra sólo dice que son número uno, pero se queda ahí, en el aire. Igual son los únicos sinceros, es cuestión de perspectiva. Podrían ser número uno en ventas de pisos con las paredes pintadas de azul, sitos en una tercera planta sin ascensor, en el número treinta y siete de la calle Agapito. Vaya usted a saber. Pero que el resto miente… seguro. Es una cuestión matemática. Entiendo que, para ofrecer una publicidad veraz al público bastaría con que publicasen sus cifras.

Se compara y listo, pero no parece haber mucha intención de que su información pueda ser contrastada.

Es una lástima. Confieso que siento cierta angustia pensando en el ciudadano medio. Yo, porque estoy comparando expresamente lo que ofrecen. Cualquier otra persona que entre y vea que la inmobiliaria es la número uno será timada y podría acabar contratando sus servicios únicamente por esa publicidad engañosa. Veo tantas cosas en este sentido que una profunda desazón me invade.

También en mi mundo hay competencia. No tenemos inmobiliarias porque nadie compra ni vende inmuebles, el rey los pone a nuestra disposición. Pero sí tenemos otras profesiones: amasador de tocino, ordeñador de redes, etiquetador de esparto… lo normal. Lo que hacemos es intentar ser mejores que el resto, ofrecer más servicios, dar más calidad, informar con detalle del proceso… pero no mentimos.

Estoy convencido de que existen inmobiliarias y agentes inmobiliarios serios y profesionales. Dedicados a su trabajo, con las ganas y la intención de hacerlo lo mejor posible. De hecho, después de estudiar la historia de la humanidad, estoy convencido de ello. Y no sólo eso, estoy seguro de que hay más de ese perfil que de los otros. También los encuentro en las redes. Gente honrada y trabajadora que se deja la piel por ser el mejor en su oficio y se dedica a publicar logros reales. Agencias que anteponen el bienestar de sus clientes a los honorarios. Sin embargo, me quedo con la sensación de que intentan tomarme por tonto y vender algo que no existe.

Así que decido poner todo mi empeño en aprender y convertirme en un agente inmobiliario serio que mientras desempeñé su trabajo intentará dignificar el nombre de esta necesaria profesión. Vale, después vamos a conquistar el planeta, pero mientras… oye, nunca está de más echar una mano.

Un alien en el mercado inmobiliario – Cap 2: Primer contacto

Tengo al fin mis objetivos claros. Más o menos. Así que, tras adoptar una forma más adecuada: hombre, veintiocho años, pelo castaño, ojos azules, rostro agraciado y traje con corbata, me dirijo a la oficina de ERA. No se parece a la de Juanito. Es un local enorme a pie de calle. Grandes cristaleras. Mucho colorido. Me detengo unos instantes a mirar el escaparate y una señorita se acerca a hablar conmigo.

— Buenos días, caballero. Si necesita ayuda…

Ahí acaba la frase. No sé si debo completarla o termina así. Mis referentes son Juanito y un programa de televisión llamado El Congreso en el que no paraban de gritarse unos a otro. Muy divertido.

— ¿Puedo ayudarle? —dice de nuevo al ver que no hablo.

Hago una consulta rápida en Madre. Busco la mejor forma de conocer una inmobiliaria. Me sorprende saber que no es comprar o vender, se trata de algo complicado y arcaico que los humanos llaman trabajar. Este planeta es muy extraño.

— Quiero ser agente inmobiliario —respondo tras obtener la solución.

— Estupendo —dice con una sonrisa—. ¿Tiene usted experiencia?

— Muchísima.

— ¡Qué bueno! ¿En qué inmobiliaria ha trabajado?

— En ninguna —respondo sin perder la sonrisa.

Ella me mira entonces con una expresión de sorpresa mal disimulada. Permanecemos en silencio. La joven parece dudar acerca de mi capacidad. O quizás resuelve ecuaciones neperianas, vete a saber.

— Pero me ha dicho que tiene experiencia. —Se decide por fin a hablar.

— Sí, mucha.

— ¿En el mundo inmobiliario?

Repaso en segundos los planetas que conozco. Mercurio, Saturno, Ganímedes, Pandora, Melmac… no me suena ninguno llamado inmobiliario.

— No, ahí no he estado.

Nueva pausa. Su expresión de sorpresa se convierte en algo parecido al pánico. Su cuerpo tiembla ligeramente. Indecisión. Incertidumbre. Duda. Vacilación. Titubeo. Tengo que dejar de leer el diccionario de sinónimos.

— Bueno, pase conmigo y le explicarán cómo funciona nuestra empresa. A ver si le interesa trabajar con nosotros.

Entro tras la joven a la oficina. El colorido se intensifica. Predominan el rojo y el blanco. En las paredes se refleja información sobre la marca. Me hacen pasar a lo que llaman una sala de reuniones y allí me atiende un señor muy elegante. Chaqueta, pantalón, zapatos… Eso me hace pensar que, a pesar de haber cambiado el aspecto, quizás el calzado elegido, fiel reflejo de lo que llevaban las personas en la playa a la que llegué, no es el más indicado.

— Buenos días, ¿cómo estamos?

— Sentados —respondo un segundo antes de darme cuenta de que la pregunta no es literal—. Bien, bien, gracias.

— Me han dicho que quiere ser agente inmobiliario, así que le voy a explicarle un poco cómo funciona esto.

Y lo hace, lo hace. Empieza hablando de ERA. Resulta que la empresa tiene más de cincuenta años de historia, desde sus comienzos como Electronic Realty Associates, cuando su fundador quiso usar los mejores avances disponibles para el sector. Aquello fue en 1971 (en mi civilización consideramos eso prehistoria), y aquella “tecnología” era un fax, sea lo que sea eso. El caso es que, desde aquel instante, ERA se convirtió en un referente para el sector y ahora tiene más de mil cien oficinas en dieciocho países.

Luego habla del mundo inmobiliario como tal. Me cuenta que es cíclico, dice que las transacciones suben o bajan, pero nunca paran. Al ser la vivienda un bien de primera necesidad, siempre se venden, compran y alquilan inmuebles. Eso no se lo dije, pero se ajusta a nuestras necesidades. Así cuando compremos la isla no levantaremos sospechas. Casi puedo imaginarla pintada de rosa fosforito, nuestro color de piel.

Después dice que se puede empezar con cualquier edad y que hay agentes tanto de veinte como de ochenta años con éxito. Eso me sorprende. Yo tengo 236 años y soy joven. Nota mental: estudiar el ciclo de vida humano. 

Me ofrece lo mismo que le plantean a cualquiera que quiera ser un agente ERA: los máximos honorarios del sector, promoción personal, ser mi propio jefe, la mejor tecnología a mi disposición 

(Madre se siente ofendida en ese punto), formación, una carrera profesional, baja inversión, apoyo completo y constante de la oficina y, por supuesto, el código ético, los valores de ERA y pertenecer a la marca más reconocida del sector. La verdad es que no entiendo más de la mitad de las cosas que me cuenta, pero él parece convencido de lo que está diciendo y lo hace con tanta naturalidad que me entran ganas de ponerme a vender en este instante.

— Es necesario que esté dado de alta como autónomo. Sé que hay algunas inmobiliarias que no lo exigen con la excusa de ahorrarle costes, pero eso un grave error. Sin el autónomo no tendría derecho a seguridad social, atención sanitaria, desgravar pagos, pensión, bajas médicas, ni muchos otros beneficios. Y los clientes, que quizás no lo saben, no estarían protegidos.

Suena razonable. Asiento. Sonrío y le digo a madre que me dé el alta como un autónomo de esos y transfiera los documentos necesarios a mi bolsillo.

— Ya soy autónomo —digo con una sonrisa mientras saco un fajo de papeles arrugados y los pongo sobre la mesa—. ¿Cuándo empiezo?

— Fantástico. Pues pasado mañana comenzamos un curso de formación. Aquí mismo, a las nueve y media. Tras la formación firmará el contrato como agente asociado y podrá empezar la fase práctica de integración. ¿Le parece bien?

Me parece bien. Estrecho su mano, una extraña costumbre, y vuelvo contento a mi nave. En dos días he conseguido meter el pie en una inmobiliaria. Mis superiores estarán orgullosos. O no, vete a saber. Dedico el resto de la mañana a investigar alguna de las tareas pendientes que me había planteado durante la entrevista. Tema autónomo. Parece que en este país hay dos formas básicas de trabajar: como asalariado, es decir, para otras personas, o como autónomo, que eres tu propio jefe. Al igual que hacen las empresas para las que trabajan otras personas, los autónomos también pagan una cantidad mensual a cambio de esos beneficios que me contó el señor de la inmobiliaria. No me parece mal. Al menos, hasta que me da por buscar si funciona igual en el resto de países. Maldita curiosidad.

Resulta que España es el país más caro para ser autónomo y, en lugar de cobrar en función de los beneficios de cada persona, hay una especie de norma en las que todos pagan igual, sólo por estar dados de alta. Así que, si no te va bien y no ganas dinero, tienes que pagar igualmente. Lo mío es un montaje y me hierve la sangre cuando lo leo. En mi caso es literal, no como los humanos. Doscientos treinta y nueve grados. Me empieza a salir humo por las orejas y tengo que concentrarme para que volver a mi estado normal. Si eso me ocurre a mí, me imagino lo que pensarán de este sistema los españoles. Tendremos que cambiar las cosas cuando dominemos el planeta.

Como tengo el resto del día libre y me gusta estar preparado, lo aprovecho para informarme de la que será mi competencia. Quiero ver cómo trabajan ellos para poder comparar. Entro en la primera agencia que me encuentro y me atiende un chico muy joven con una corbata verde.

— Son dos mil euros —dice cuando me ve en las instalaciones.

— ¿Cómo dice?

— Perdón, la costumbre. ¿Qué desea?

— Quiero vender mi casa.

Se le iluminan los ojos igual que a Juanito, quizás por eso decía que era un referente en el sector. 

Sonríe. Se frota las manos. Acerca una pequeña máquina que pone Visa en un lateral.

— Pues ha venido al lugar más indicado. Siéntese, por favor. Enseguida le traigo el contrato y nos ponemos a ello. ¿Dónde está la casa?

Le doy la dirección del piso de mis amigos chinos. Cómo los echo de menos.

— ¿En cuánto quiere venderlo?

Le digo a Madre que me busque los precios de la zona. Se venden en unos sesenta mil euros. Hago la prueba.

— En noventa mil.

— Perfecto, ese es sin duda el precio perfecto. Me firma aquí y esta misma tarde lo tenemos en el mercado. Esto se lo vendo yo en dos semanas y además somos más baratos que el resto.

Me doy cuenta de que me pone delante un contrato en blanco. Soy extraterrestre, no tonto. Un vistazo por encima me dice que me cobrarían sus honorarios aunque no vendan la vivienda, que no puedo cancelar el contrato por ningún motivo y casi que le tengo que entregar a mi primer hijo varón. Aunque es un bicho, ese tampoco me preocupa. Entre sus obligaciones figura… vender la casa. Ya. No dice qué van a hacer para conseguirlo, ni cuánto tiempo tardan. Tampoco me pide ningún tipo de documentación de la casa ni me informa del proceso. No sé qué tengo que hacer ni qué pasaría después de vender.

Tengo la clara sensación de que lo único importante aquí es que le firme el contrato y cobrar. No me extraña que sean más baratos que el resto, es lo único que tienen para competir.

Un alien en el mercado inmobiliario – Cap 4: Prospección

Hoy comienzo mi formación. Tengo esta vez la precaución de aportar a mi apariencia un calzado más acorde. Busco: zapatos sofisticados. Son preciosos, aunque la gente me mira extrañada mientras camino intentando mantener el equilibrio. No lo consigo, pero por fortuna el invento humano denominado acera detiene los golpes. Son muy inteligentes. Eso sí, cuando gobernemos propondré cambiar el material por algo más blando. A mitad de camino se me rompe el tacón de aguja y tengo que buscar algo nuevo. Esta vez añado “de hombre” en la búsqueda. Feos, sí, pero reconozco que más adecuados.

Llego puntual a la oficina de ERA. Hay seis personas más para recibir la formación. Nos recibe el mismo señor que me entrevistó y nos hace pasar a una cosa que llaman sala de formación. Yo la veo terminada, pero no voy a discutir el primer día porque todavía no controlo la arquitectura humana. A los pocos segundos entra un hombre muy elegante que resulta ser uno de los jefes y nos dice que nos va a hablar de la prospección. Sonrío y asiento como si supiera de lo que está hablando. Evidentemente no es así. Eso me demuestra una vez más lo poco que sé sobre este mundo, porque dice el señor que es sin duda lo más importante para ser agente inmobiliario.

 

Para no extenderme y también porque no lo termino de comprender, basta decir que prospectar en buscar viviendas para poder venderlas. Dicho así parece sencillo, pero tiene trampa, porque una vez que las encuentras hay que convencer a los dueños de que eres tú la persona indicada para

vendérsela. Hay muchos medios para prospectar: buscar en Internet, mirar carteles en las ventanas, puerta fría (contengo el impulso de preguntar por qué no caliente), publicidad, redes sociales… Dice que todos funcionan, pero que la clave es la constancia. Que si esperamos repartir un flyer (sea lo que sea) y conseguir un cliente estamos muy equivocados. Lo mismo pasa con las llamadas. No vale con hacer un par de ellas al día (un par parece ser una medida muy común en Canarias que puede equivaler tanto a dos como a más), hay que marcarse unos objetivos y tratar de respetarlos lo máximo posible.

Lo que cuenta tiene bastante sentido. En realidad, es sólo una cuestión de probabilidades matemáticas. Si llamando a cinco personas tengo equis por ciento de posibilidades de que se conviertan en clientes, llamando a diez tengo el doble, llamando a veinte el cuádruple y así sucesivamente. Así que me propongo un número razonable para cuando empiece: 328.215 millones a la semana, media estándar. Cuenta la mejor y más correcta forma de usar cada una de esas diferentes acciones en nuestro provecho y aporta ideas para hacernos un calendario semanal en el que planificar esas sesiones de prospección. Tras eso nos emplaza esa misma tarde para realizar la primera práctica.

 

Antes de despedirse hace especial incidencia en que el trabajo no trata en realidad de inmuebles (contengo la sorpresa), ni de dinero o rentabilidades. Es un negocio de personas. La decisión de comprar o vender siempre tiene detrás un motivo de peso. Explica que nuestra primera preocupación debe ser siempre el cliente, debemos saber cuál es su motivación, qué le impulsa a tomar la decisión, escuchar y ver cómo podemos ayudarles. Su tono de voz se vuelve más personal mientras explica esta parte.

En el tiempo de descanso, como no tengo necesidad de alimentarme de víveres más allá de la energía solar, aprovecho para investigar más acerca de las costumbres humanas. Me preocupa el cambio en la inflexión de la voz al hablar del negocio de personas, porque suele indicar una especial preocupación, pero es complicado de entender sin conocer a fondo el modo de vida terrestre. Decido resolver ese inconveniente. Permito entrar a Madre en mi cerebro y traspasarme la historia completa de la humanidad, con especial énfasis en el modo de vida más tradicional. El shock es instantáneo. Mi capacidad cerebral es muy superior a la de la media y aun así sufro mareos. Demasiada información. No obstante, ahora entiendo el motivo del cambio en la explicación. Tiene sentido. No es lo mismo vender para poder comprar una propiedad más grande, que hacerlo por necesidad económica o porque una enfermedad te obliga a abandonar el sitio. Los sentimientos son comunes en todas las razas y debe ser muy complicado dejarlos a un lado cuando tratas con personas. Supongo que sentirse identificado en cierta forma con los clientes consigue que los agentes sean capaces de ayudarlos a resolver sus problemas.

Con esa idea en la cabeza me incorporo a la sesión de tarde. El profesor ha comenzado parte de la tarea para nosotros, ha seleccionado los teléfonos de personas que están vendiendo sus casas y nosotros vamos a llamarlos para aprender con la práctica cómo se debe hablar con las personas. Para ello nos entregan un guion, aunque explica que no es algo literal que contar como si estuviéramos narrando una historia, se trata más bien de una serie de pautas que pueden ayudarnos para esa primera toma de contacto. Me presento voluntario para ser el primero en llamar, me produce cierta ilusión comprobar la innata amabilidad del ser humano. Marco el número y responde una voz aterciopelada:

— Buenos días.

— Buenos días, le llamo de ERA Inmobiliaria (digo mientras ojeo el esquema facilitado). Es en relación a la vivienda…

Un pitido corta mi frase. Parece ser que ha colgado la llamada. Supongo que no me he expresado con la suficiente claridad o rapidez, así que marco de nuevo el mismo número sin esperar indicaciones.

— Buenos días —responde de nuevo la misma voz, ahora algo más áspera.

— Bueno días de nuevo, parece que se cortó la comunicación, le decía que llamo de ERA Inmobiliaria y me gustaría…

Se repite el pitido. El profesor sonríe. Por alguna razón no parece afectado.

— No se preocupe. Pase al siguiente.

No termino de entender lo que ha sucedido, pero hago caso al instructor, él es el que sabe de esto. Marco el siguiente número.

— ¿Sí? —contesta una voz de mujer al otro lado.

— Buenos días, señora, le llamo de ERA Inmobiliaria. Es en relación a la vivienda que tiene usted…

— No me interesa.

Vuelven a colgar. Empiezo a dudar sobre mi concepto de la amabilidad del ser humano. Puede que la señora que me ofreció el gofio al llegar sea la excepción. Me hacen una seña para continuar. Lo hago.

— Váyase a molestar a su madre —dice una voz agresiva antes de que pueda exponer mis argumentos.

Tres llamadas y ni siquiera he podido explicar para qué llamo, no digamos contar lo que les puedo ofrecer. Me obligo a continuar. Tengo otros siete números en mi listado. Las respuestas, siempre antes de que pueda hablar de mis servicios, son: no quiero inmobiliarias; no; paso; eres un ladrón; no me llames más; estoy cansado de recibir estas llamadas y déjeme en paz.

Me invade un sentimiento de tristeza e importancia al mismo tiempo, pero más que nada, desconcierto. No se ha elegido los números al azar, se trata de personas que quieren vender su casa. Yo los estoy llamando para explicarles que soy la persona más adecuada para ayudarles, un profesional (o un proyecto de ello) y contarles qué puedo hacer por ellos, pero no me dan la oportunidad aun cuando no pierden nada.

Cuando estudié la forma de vida humana descubrí que tienen profesiones específicas para realizar ciertas labores. Si te duelen los dientes, vas al dentista; si se te rompe una tubería, llamas a un fontanero; si quieres comprar una mesa, vas a una tienda de muebles y, sin embargo, resulta que la gente que quiere vender un inmueble, en lugar de acudir a un inmobiliario, intenta hacerlo por su cuenta y, además, cuando tienen oportunidad de que uno les llame, no quieren escucharle. Quizás es por mi condición extraterrestre, pero lo cierto es que soy incapaz de comprenderlo. Así que le expongo mi duda al profesor.

— Yo creo que hay dos causas. —Empieza a explicar—. Lo primero os lo dije esta mañana. Esto es un negocio de personas y, por lo tanto, impredecible. No hay forma de saber cómo va a reaccionar alguien.

Le aseguro que encontrará gente agradecida por el camino, pero deben estar preparados para esta clase de respuestas. Y peores.

 

— ¿Y la segunda causa?

 

— El pasado. Por desgracia esta profesión tuvo momentos en lo que había piratas en cada esquina. Y los sigue habiendo. Recuerdo, en esa historia del mundo que estudie, la parte de los piratas. Real y literaria. Pata de palo, parche en el ojo… no se por qué me viene de nuevo Juanito a la cabeza y comprendo a lo que se refiere.

 

— Esos timadores, —Continúa—, además de dar mal nombre a la profesión, crearon la falsa idea de que basta con poner cuatro fotos en Internet, enseñar la casa y recoger el dinero, de forma que dejaban y siguen dejando indefensos a sus clientes. Con esa idea, un particular piensa que también lo puede hacer él y se ahorrará el dinero. Y lo puede hacer, seguro. Pero sin saber a qué se exponen. No controlarán si la propiedad se puede vender sin problemas o cuánto pagarán de impuestos, por poner un ejemplo.

 

Nos pide que no nos desanimemos, aunque parece fácil de decir y asegura que es el camino correcto. Puede que tenga razón. Mi primer compañero recibe prácticamente los mismos resultados que yo en sus diez intentos. Sin embargo, el siguiente, en su primera llamada, encuentra a una persona encantada de escuchar lo que podemos hacer por ella en ERA Inmobiliaria, le dice que nadie más le había explicado las cosas de esa manera y quedan en verse al día siguiente. Hay luz al final del túnel.

Un alien en el mercado inmobiliario

Llego al planeta Tierra sin incidentes. España, Islas Canarias, una de ellas. Madre analiza 328.215 millones de programas. Media estándar. Encuentra El Teide en Gran Canaria, Tenerife, y Fuerteventura; la playa de Las Canteras, en Lanzarote, La Gomera, y El Hierro. La imagen más aceptada describe un extraño muro alrededor del archipiélago que soy incapaz de encontrar.
Adopto la forma de vida más común de la zona y medio de entrada según los estudios: humano, raza negra. Desciendo vía transfusión corpórea. Caigo en el mar. Me ahogo. Regreso a la nave. Selecciono un sitio más adecuado para este estado físico: orilla. Al instante aparece un grupo de personas que me tapa con una manta, me dan un bocadillo y toman mi temperatura. Me meten en un vehículo con otros treinta humanos, nos llevan hasta un edificio y nos mandan a descansar. Obedezco para no llamar la atención. Parece el recibimiento tradicional. Me despierto gritando por una pesadilla. Veo que una señora se me acerca con una expresión triste en el rostro.
— Mi niño, seguro que estabas soñando con los leones. Aquí no tenemos de eso. Toma, el desayuno. ¡Que comas, coño! —Añade cuando ve que lo miro petrificado.
Pienso que por error he adoptado la forma de su hijo, pero escucho que usa el mismo apelativo con el resto. No parece tan promiscua, así que la familiaridad en el trato debe ser una constante. El condumio consiste en un tazón con un líquido blanco y unos polvos. Tengo conexión mental con el ente denominado Madre. Es un ordenador de generación Delta Gama Alfa Beta Pi II. Hago la consulta en la base de datos. Resultado: leche con gofio, alimento típico autóctono. Sabroso. Al instante noto una energía desconocida en mi interior. Intuyo que contiene alguna clase de droga aborigen.
Me pongo en marcha Para poder efectuar el viaje desde nuestro mundo necesitaremos alojamiento. Invasión silenciosa. Debemos pasar desapercibidos, he de elaborar un extenso informe sobre las costumbres habitacionales. Viviendas más habituales, diseño arquitectónico, proceso de adjudicación, felpudo sí o felpudo no… Lo ineludible para que el traslado paulatino no levante sospechas. Hago una búsqueda en Madre. Palabras clave: morada, casa, hogar, residencia, domicilio, felpudo, alojamiento… Coincidencia en el 96% de los resultados: inmobiliaria. Resulta ser el nombre común de las empresas que se dedican al negocio de las viviendas. Me pregunto si habrá alguna en la zona. Busco. Tres en esta calle. Nueve en la manzana. Treinta y seis en el barrio. Llamo a una. No responden. Llamo a otra. Contesta un restaurante libanés. Llamo a la tercera.

— Buenos días, ha llamado a Real Estate Luxury Services House Properties Golden Sunny Project Investments Treatment Realtors. Le atiende Mari Puri ¿en qué podemos ayudarle?
— Perdón, estaba buscando la inmobiliaria.
Cuelgo y sigo llamando. Tardo media hora en encontrar una que me atienda. Un señor muy amable me dice que puede recibirme ahora mismo. Está cerca. Quedo con él en “un rato”, parece ser también una medida de tiempo estándar. Me marcho de allí usando el modo general, obsoleto y absurdo, de los humanos para desplazarse llamado andar. Me entregan otro bocadillo para el camino.
La oficina está en una construcción de cinco plantas. Tercer piso. Hay un cartel en la fachada escrito a rotulador: Inmobiliaria Juanito. Me recibe un hombre en pantalón corto y zapatillas. Pelo grasiento. Bigote. Manchas de comida en la camiseta.
— Bienvenido a inmobiliaria Juanito, amigo. Yo soy Juanito. ¿Qué necesita?
Medito la conveniencia de relatar mi propósito real. Lo descarto. Repaso en el sistema la forma más adecuada de abordar la cuestión. Busco referentes: mentir en España. El ordenador se colapsa. Improviso.
— Comprar. Quiero comprar una casa.
— Maravilloso —dice con una sonrisa—. ¿Qué busca exactamente? ¿Piso? ¿Apartamento? ¿Dúplex? ¿Chalet? ¿Adosado?
— Una casa. —Repito. Él me mira como si no lo entendiese. Contemplo la posibilidad de que sufra algún tipo de problema auditivo o de entendimiento.
— Bueno, ya llegaremos a esa parte. ¿Necesita financiación o dispone de efectivo?
La consulta en Madre revela que los humanos son arcaicos también en esta materia. Para las transacciones usan unos papeles llamados billetes. También círculos metálicos: monedas. En conjunto: dinero. Los que no tienen piden préstamos. Hay una gran cantidad de información sobre esta cuestión. La guardo para más adelante. De momento me basta saber que es mejor no necesitar ayuda. Le digo a Madre que cree una cuenta bancaria de esas que usa la gente e ingrese 328.215 millones de dinero local. Media estándar. Espero que sea suficiente.
— Efectivo.
Entonces ocurre algo insólito. Sonríe más de lo que la naturaleza dice que es posible para el ser humano. Sus colmillos parecen crecer. Veo caer saliva de la comisura de sus labios.
— Pues ha venido usted al sitio indicado, amigo. Tengo cuarenta años de experiencia. Es probable que haya intervenido en más veinte mil transacciones diferentes.
El análisis superficial de su ADN me dice que tiene cuarenta y seis años. Una sencilla resta revela que empezó a los seis años de edad. Debe ser un genio.
— Además, es posible que tenga lo que está buscando. En la mejor zona de la isla. Cuarenta y nueve metros cuadrados. Así no hay necesidad de limpiar tanto. Silencioso. Sexto piso, con sólo doce vecinos por planta. No tiene ascensor, lo que es una ventaja porque se ahorra el gimnasio. ¿Qué me dice?
— ¿Es una casa típica?
— Tipiquísima. ¿Vamos a verla? —pregunta dándome unos desagradables toques en el brazo—. No hay que perder tiempo. Está cerca. Yo le llevo.
Acepto. Bajamos a la calle, Juanito levanta el brazo y se detiene un vehículo a motor: taxi. Nos sentamos detrás. Hay dos opciones. Que me haya mentido o que controle con su mente al hombre que está girando la rueda de cuero. Me inclino más por la primera opción. Descubro que el término cerca equivale a dos horas de trayecto.
— Son ochenta euros —dice el hombre del asiento delantero cuando se detiene.
Miro a Juanito. No se mueve. Pregunto a Madre. Me dice que los taxis son negocios, te llevan a cambio de una suma de dinero. Hago que Madre transfiera la cantidad a mi bolsillo. Tarda unos segundos. Juanito sigue sin moverse.

— Prepárese para ver la casa de sus sueños.

Miro la fachada del edificio. Es gris, formada por unos rectángulos rugosos. La consulta me dice que son ladrillos. Las escaleras crujen y parecen a punto de romperse. Llegamos a la sexta planta. Juanito llama. Abre una señora bajita, denominación: china. Dentro hay nueve más. Cinco sentados en un sillón. Unos sobre otros. Soy incapaz de discernir dónde empiezan y dónde terminan.

— ¿Estas personas vienen con la casa?

— No, hombre, no con este precio —responde riendo—. Están aquí de alquiler, pero se van mañana. Venga, contemple las maravillosas vistas.

Me lleva hasta una ventana sin cristal. Quizás eso explique el enjambre de insectos que revolotea en el salón y los que corretean por el suelo. Veo una gran extensión de terreno. Pequeños montículos con cruces salpican unos senderos de tierra. Hay una fila de personas llegando. Llevan una caja rectangular de madera sobre los hombros.

— Lo que le decía. Tranquilidad absoluta. Reina el silencio. Venga a ver el dormitorio y la cocina.

Caminamos tres pasos. Abre una puerta y sale una densa nube de humo. Veo el dormitorio y la cocina. Están en la misma habitación. Un señor está cocinando.

— Más ventajas. Pongamos que se acuesta a descansar. ¿Le entra hambre? Pues se puede hacer una paellita sin moverse de la cama. Este lujo no está al alcance de cualquiera, se lo digo yo. Bueno, ¿qué me dice?

— No tengo hambre.

— La casa, buen hombre. Me refiero a la casa. Es una maravilla y usted un entendido. Seguro que le gusta. ¿Cerramos el negocio?

— Supongo.

— Esa es la actitud para comprar. Ahora tengo que ir al oculista, van a ponerme un parche en el ojo. Pero venga mañana a la oficina y firmaremos el contrato. Temprano. Sobre las doce del mediodía.

Se marcha. No sé qué hacer a continuación, así que me quedo un rato en la casa. El señor de la cocina me invita a almorzar: tallarines con gambas y arroz tres delicias. Me quedo dormido en el sofá encima de la juventud china. Son muy amables. Decido trasladarme a la nave y preparar mejor mis futuras acciones. Hablo con Madre. Busco informes. Encuentro más de cuarenta denuncias a Juanito por estafa. Cancelo mi cita del día siguiente. Siento lástima por mis nuevos amigos chinos. Los echaré de menos.

Indago sobre las inmobiliarias. Busco la mejor. Palabras clave: Éxito. Número de ventas. Organización. Profesionalidad. Coincidencia plena. Aparece un resultado: ERA.